Espiritualidad

 
   
   

Catalina y Judit, profundamente convencidas de la Providencia de Dios en las vicisitudes humanas, vivieron la cotidianidad como experiencia del amor infinito de Dios, que siempre las sostuvo y las acompañó en su misión educativa.
"Ellas nunca se desanimaron, sino que, fiándose de Él, esperaban de la Providencia divina los auxilios necesarios".

Guiadas por el Espíritu, buscaron, descubrieron y realizaron progresivamente el proyecto de Dios y, abandonándose confiadamente a Él, "principio, centro y fin de todas sus acciones", orientaron toda la vida a Su mayor gloria.

Las Fundadoras acogieron dócilmente la voluntad de Dios sobre ellas, y en la "contemplación de las cosas divinas" hallaron fuerza y sabiduría para configurarse con Cristo Crucificado, el "Esposo amabilísimo".
"Él solo" era la referencia de su consagración vivida para la misión educativa.
En la imitación de Sus virtudes, sobre todo de "la humildad, la paciencia, la benignidad y la caridad", establecieron el sentido y el estilo de su maternidad espiritual para la "custodia" de aquellas "almas rescatadas con Su sangre y a ellas confiadas como un tesoro precioso".

Catalina y Judit, empujadas por el deseo incesante de configurarse con Cristo acogieron con equilibrio y serenidad las vicisitudes cotidianas y vivieron confiadamente, incluso, los sufrimientos y las privaciones.
En su propuesta educativa se comprometieron a ser "vivo retrato" de las virtudes que enseñaban.

Amaron e invocaron a María Santísima, como auténtico modelo de configuración con Cristo y se confiaron a Ella en todas sus necesidades.

Con dinámica fidelidad al espíritu de los orígenes, siguiendo el ejemplo de las Fundadoras y de las hermanas que nos precedieron y custodiaron vitalmente el carisma confiado a la Congregación, expresamos nuestra espiritualidad apostolica, testimoniando la primacía del amor de Dios en toda situación por medio de la misión educativa.

Damos, asimismo, testimonio de nuestra consagración, de pobreza y de pertenencia a nuestro Instituto, vistiendo el hábito propio. Allí donde lo requieran exigencias válidas de apostolado, la Superiora General puede permitir que se lleve un vestido sencillo y decoroso, junto con el símbolo propio de nuestro carisma, de tal forma que sea posible reconocer nuestra consagración .

En medio del total abandono a Dios vivimos los mismos sentimientos de Cristo, el Esposo crucificado, para configurarnos progresivamente con Él y para ser signo creíble de Su amor redentor.

Leemos y convertimos en plegaria los eventos personales, comunitarios y sociales; meditamos con asiduidad la Palabra de Dios a fin de intensificar la capacidad contemplativa y el ardor de la acción apostólica y a fin de buscar los caminos del Señor en los signos de los tiempos.

Vivimos nuestra espiritualidad apostólica como ascesis cotidiana, afrontando dificultades y sufrimientos a la luz del misterio pasqual, teniendo la serenidad y confianza de quien pone en Dios su esperanza, con la certeza que "cuanto mas se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los otros".

Confiamos en la ternura materna de María, modelo sublime de consagración perfecta, para vivir fielmente nuestra vocación; nos ponemos, como Ella, al servicio del plan divino con la total donación de nosotras mismas.


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